Bioshock fue un hito en su generación, una
obra cumbre que marcó el inicio de una época. Acercó los FPS a aquellos
escépticos consoleros que no nos sentíamos cómodos en una generación donde Halo
y Call of Duty iban a ser la norma. Fue un videojuego de masas que se atrevió a
hablar de filosofía y de política. Ofrecía una narrativa muy cuidada apoyada en
la interacción con el entorno. La industria se inclinó por otras modas, así que
tocó esperar al nuevo proyecto de Ken Levine, a quien endiosamos en exceso,
para vivir otro terremoto en los triples A.
